Buenos dias guapisima

Ni populares ni reconocidas; mujeres anónimas, identificadas con su nombre de pila y su edad. En el contexto de un país socialista, ganaban el mismo sueldo que un hombre, por ley, pero aun así tenían sus problemas. Como al charlar con una amiga, cuentan sus tensiones cotidianas, sus preocupaciones, van de lo liviano a lo trascendental con la espontaneidad que da la expresión oral. El amor, el sexo, la maternidad y la profesión son algunos de los temas recurrentes. Sorprende, incluso ahora, la naturalidad con que se muestran y rompen tópicos.

Esta propuesta de Maxie Wander es brillante: No hay mejor forma de acercarse a este texto que el contacto directo. Amor y sexo: Forma de ser: En la actualidad se discurre mucho sobre feminismo o sobre lo que se entiende como tal. A propósito, recupero unas palabras de Margaret Atwood , del prólogo a la edición de de El cuento de la criada: Sus mujeres no se victimizan ni se erigen en referentes de nada.

Tampoco se movilizan contra el patriarcado u otras injusticias. No se trata de idealizarlas, sino de mostrarlas tal como son. Aquí hay un ejemplo magnífico de ello. Hoy tiene que estar perfecta. Es el día. Un poquito de maquillaje nunca viene mal. Tampoco demasiado. Le ha oído, a él, decir varias veces que no le gustan las chicas muy pintadas.

Creo que hoy va a ser una gran noche. A continuación, con una barra rosa, le pinta los labios delicadamente—. Valeria se humedece los labios y sonríe al espejo. Es verdad. Pero nada, nada mal. Azules, casi celestes. Y sí, debe ser esta noche. Ya han pasado los veinte días de plazo. Es lo que leyó en una revista una vez: Veinte días después de la ruptura de tu amor con su ex pareja es el tiempo perfecto para intentarlo. Simplemente tienen envidia de su físico y de que tenga tanto éxito con los tíos. Creo que hoy es el día —anuncia la chica de los ojos verdes mientras se desnuda.

Su amiga la observa ensimismada. Tiene un cuerpo increíble. Sin duda, mucho mejor que el suyo. Creo que es el momento de dejar a un lado las tonterías y empezar algo serio con un tío que me quiera. Estoy cansada de niñatos. Valeria no comprende nada de lo que dice su amiga. Alguien le ha escrito a la BlackBerry. Es Ester. Le pregunta por los carnés. Todo OK. Nos vemos luego. Sonriente, regresa al cuarto de baño y se contempla en el espejo. También en las muñecas. Aspira el aroma de la fragancia para comprobar que no se ha quedado corto.

Luego, con sumo cuidado, se arregla el pelo con un cepillo especial y el soplo de aire caliente del secador para que quede justo como él quiere. Se guiña un ojo a sí mismo y asiente conforme. Sale del baño canturreando un tema de Maldita Nerea y se acerca hasta la mesa en la que guarda el dinero. Dos niñas rubísimas, idénticas, con pijamas idénticos aunque de diferente color, lo miran muy serias. Sus hermanas gemelas no son precisamente un alarde de expresividad. También a ellas les afectó lo de su padre. Han crecido muy de prisa y su forma de pensar y de actuar es diferente de la del resto de niñas de su edad.

Si no fuera porque miden menos de un metro cuarenta, nadie diría que apenas han sobrepasado los once años. El chico se vuelve nuevamente al sentir todavía la presencia de las dos pequeñas. No le apetece que sus hermanas cotilleen en su vida cibernética privada. De nuevo solo. Respira aliviado. Son insaciables. Poco a poco, él se ha convertido en su principal objetivo. Sus relaciones… Ése es otro tema complicado. Ninguna ha funcionado.

Todas han fracasado estrepitosamente. Muy mal. En cualquier caso, esto se va a terminar de una vez por todas. Una relación de verdad. Dejarse de niñerías y comenzar los dieciocho años, que ya llegan, en enero, con una novia de verdad. Una novia que merezca ser la protagonista de su película. Pero, de momento, no ha encontrado a la musa que lo inspire. Otra vez el pitido de la BB. Abre el WhatsApp. En esta ocasión es Bruno. Tío, acabo de ganar a Holanda en los penaltis. Este chico no tiene remedio. Luego se queja de que no se come una rosca. Son totalmente diferentes en casi todo.

Tienen distintos intereses. Distinta manera de ver la vida. Distinto físico. Un icono amarillo sonriente aparece en la ventana de conversación de Messenger entre Ester y María. Las dos llevan hablando un rato, escribiéndose sin webcams mientras se arreglan para salir. Espero que no nos salgan muy caros. Espera un segundo, Meri, que me voy a poner ya el regalo de mis padres. Y me das tu opinión. María suspira y también se levanta de la silla.

Se dirige al pequeño tocador que hay en su habitación y vuelve a suspirar. Tiene miedo. Pero debe ser fuerte. Sí, debe serlo. Achina los ojos y mira hacia la pantalla del PC; en ella observa una petición por parte de su amiga para iniciar una videoconferencia. Se acerca lentamente y acepta. Te queda perfecto. Ester da una vuelta sobre sí misma y sonríe. Su nuevo vestido blanco le encanta. Sus padres se lo regalaron hace dos días para celebrar su dieciséis cumpleaños. Aunque sabe el esfuerzo que ha supuesto para ellos, se siente feliz de verse con él.

Ya me gustaría a mí parecerme un poquito a ti. La chica se ajusta las gafas de pasta de color azul y se pone colorada. Ester sería la noria perfecta para cualquier tío y la nuera que toda madre querría tener. Y de eso ha pasado ya un año y pico. Recuerda como si fuera ayer el momento en que la vio por primera vez.

Era el día inaugural de cuarto de la ESO. Ella misma fue la que la introdujo en el Club de los Incomprendidos. A Mana le encanta cuando hace ese gesto. Un día es un día. Tendría que emborracharse para atreverse. Si no sería imposible que diera ese paso adelante. Pero nunca ha probado el alcohol. Ni ha tenido tentaciones de probarlo. Considera que beber es una auténtica tontería. Perder el control por no contenerse es una estupidez.

Allí, se quita las gafas y las deja a un lado. A continuación, abre una pequeña cajita de la que saca una de las lentillas. Con habilidad, se la coloca en el ojo izquierdo. Luego repite el proceso con la del ojo derecho. Se mira en el espejo y se sonríe. La mona sigue siendo mona. Con gafas o con lentillas. Es lo que hay. Arruga la nariz para imitar el gesto que hace su amiga al reír.

No es lo mismo. Ester y ella son como el día y la noche. Resignada, regresa hasta el ordenador. Se pone de pie cuando la ve y exclama con gran euforia: Aunque, en este caso, no dice la verdad. Si ellos supieran que no todo es como parece… Pero Ester también sabe guardar secretos. Mañana tengo partido —indica Ester mientras revisa en la pantalla del ordenador cómo le ha quedado el flequillo. Demasiado es que he conseguido que mi madre me deje salir.

No le gusta que esté por ahí de noche. Le he dicho que celebramos tu cumpleaños. Ella preferiría que le crecieran otras cosas. Apenas se ha desarrollado. Sigue pareciendo una cría. Yo a mis padres les he dicho que voy a una fiesta, pero tampoco he especificado quiénes van a estar en ella. Aunque ya te digo que no puedo volver muy tarde, porque mañana jugamos contra las primeras y hay que descansar.

Las dos se miran a través de la pantalla, en silencio. Sólo espera que esta vez su querido entrenador la ponga en el equipo titular. Capítulo 3 NO puede ser. Valeria camina por la calle en silencio. Se limita a sonreír cuando Eli le comenta algo. Pero se le han quitado las ganas de todo. Se acabó. Ya no hay nada que hacer. La chica observa a su amiga y, de nuevo, sonríe. Es como si cuando te hablara no te enteraras de nada de lo que te digo. No me haces ni caso. Sí, claro. Estoy un poco… no sé. El pantalón de Stradivarius que no te ha entrado.

Traducción de: "buenos dias guapa" al Rumano:

Buena excusa. No se le había ocurrido. Estoy preocupada. Todo el que se pone aparato adelgaza, porque no puede comer bien. Si es que… —Pero tampoco se te nota, nena. Yo te veo bien. De verdad. La envuelve entre sus brazos. Le da un beso en la mejilla y otro en la frente. Valeria resopla y le sonríe.

Imagino que siempre me ha gustado.

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Valeria no comprende nada de nada. A ella sí que le gusta de verdad. Lo ama. Lo quiere. Y por eso se ha reservado para él. O puede serlo. Lo quiero desde que lo conocí. No ser sólo su amiga. Las dos se apartan al mismo tiempo el pelo de la cara. Y hasta que han pasado unos días desde que rompieron, he preferido no hacer nada. Demasiadas coincidencias. Me moriría si no quisiera nada conmigo. Se conocen desde hace un montón de tiempo y ahora se da cuenta de que le gusta. Los dos sois amigos, muy guapos, os conocéis muy bien… Haréis buena pareja.

Su afirmación llega en un susurro triste. Eli sonríe a su lado. Su mirada alegre se pierde entre el barullo de gente que va y viene por todas partes. Sueña con una bonita historia de amor. No sabe muy bien cómo ha llegado a la conclusión de que su amigo es el chico perfecto para ella. Ya no es una cría. Ni tampoco una chica que va de flor en flor. Las dos se encuentran al lado del escaparate de libros de El Corte Inglés.

Sonríen cuando ven a sus amigas y se acercan de prisa hacia ellas. Llueven besos y abrazos por parte de las cuatro y piropos a la portadora del vestido blanco de cumpleaños. María y Valeria se miran y se sonríen con timidez. Ellas parecen menos felices que sus dos amigas. Cada una por un motivo diferente y que el resto desconoce. Tiene muchas ganas de ver a uno de ellos. Sí lo hace. María siempre se lo perdona todo. Ha dado la cara por él en multitud de ocasiones. Cuando ha faltado a alguna reunión del Club de los Incomprendidos, cuando no se ha presentado a su hora, cuando ha metido la pata… siempre se ha puesto de su parte.

Si te gusta, pues te gusta —añade Eli—. Somos tus amigas, te apoyamos. El rostro aniñado de María enrojece a gran velocidad. Mira hacia otro lado y suspira. Si no quiere decir nada, pues que no lo diga —interviene Valeria mientras la achucha. Si no, te arriesgas a que venga otra y te lo quite. La mirada de Valeria fulmina a Elísabet, aunque ésta no lo percibe. Somos nosotras las que tenemos la sartén por el mango, nena. María y Ester observan curiosas la conversación entre sus amigas.

Si se lo decimos… Si no lo hacemos, como Meri, nunca lo sabremos. Porque vamos listas si esperamos a que ellos se decidan. Las palabras de Elísabet hacen pensar a las otras tres. Las cuatro miran hacia el lugar del que proviene la voz. Su mirada se detiene durante un segundo en los ojos del chico de la camisa azul, que responde con una sonrisa. Es una situación incómoda.

Y le duele. Sí, le duele que la bese en la frente. Y que la abrace. Y que sus ojos hayan coincidido en el mismo instante en medio de tanta gente. Como si sólo existieran ellos dos. Le duele mucho. No, no puede hacerlo. Son sus amigos. Pero la noche acaba de empezar. Capítulo 4 UN rato antes de que los seis amigos se encontraran en Sol Esa sudadera le queda fatal.

Nunca le sentó muy bien el color rojo. Ha crecido. Poco, muy poco, pero al menos Bruno ya no se avergüenza de ser el bajito de la clase. Realmente, la sudadera es un horror. Mira de nuevo dentro del armario. Nada es de su agrado: Definitivamente, necesita ropa nueva para salir por las noches. No es que lo haga mucho, pero para ocasiones como la de hoy no tiene qué ponerse. Ya es hora de tomar las riendas de lo que cuelga en sus perchas.

Su madre ha tenido ese poder durante demasiado tiempo. Nadie se va a fijar en él. La sudadera roja al menos es calentita. Suena el pitido del WhatsApp. Saca la BlackBerry del bolsillo del vaquero y lee en voz baja. Tío, date prisa o éstas nos matan. Ya vamos con retraso. Ya va, ya va. Por su amigo, por supuesto.

Ellos dos son los patitos feos del grupo. Por lo menos ahora. Porque antes no era así. Los cinco que fundaron el Club eran bichos raros. Pero, con los años, las cosas han cambiado. No lo llamó nunca enano ni se mofó de su estatura. Sonreía y era adorable con todos bajo su perfecto y cuidado flequillo en forma de cortinilla. Encantada de conocerte.

Eso le parecía. Bruno Corradini. Como Bond, James Bond. Eso es… —Sí, como el apellido de Chenoa. Pero no somos familia. No iba a decir eso —le aclaró Ester sin dejar de sonreír—. Iba a preguntarte si tu padre era italiano. Pensaría que era un presuntuoso por presumir de apellido. Mal, muy mal comienzo. Mi padre nació en Buenos Aires.

Como mi abuelo. Nunca había tenido un amigo extranjero. Y ahí fue donde se enamoró. Había nacido en pleno centro de Madrid. Ya lo consideraba su amigo. Aunque hacía medio minuto que lo conocía. Fueron muchos días pensando en ella. La amó en silencio. Sufrió, lloró, enfermó por Ester.

Le declaró todo lo que sentía. Pero lo hizo a su manera. Le escribió una carta en la que decía: Hola, Ester: Creo que ha llegado el momento de confesarte todo lo que siento. Estoy enamoradísimo de ti. Pienso cada minuto del día en tus ojos, en tu boca, en tus labios, en tu sonrisa… En realidad, Ester, no hay ni un solo segundo de mi vida en el que deje de pensar en ti. Pero no quiero pasarlo peor de lo que ya lo estoy pasando. No soportaría que me miraras a la cara y me rechazaras. Así que sólo me decidiré a revelarte mi identidad si marcas mi nombre con una cruz.

Había de todo: Sí, locamente enamorado. Y muy desesperado. Si no, permaneceré oculto para siempre. Y me olvidaré de tu amor. Piénsatelo bien. Por favor, no te rías de mí. Esto no es ninguna broma. Espero emocionado e impaciente tu respuesta. Un beso muy grande, te quiere, tu gran admirador, ya no tan secreto. No le digas a nadie lo que te acabo de escribir. Esto es muy importante para mí. Te quiero muchísimo. Las horas de instituto de aquel miércoles de diciembre fueron larguísimas, angustiosas e insoportables para Bruno. Durante el día ella no comentó nada con ninguno del grupo.

Buena señal. Y, por fin, mil años después, las clases terminaron. Al menos, se lo había tomado en serio. Su rostro era el de siempre, aunque no dejaba de mirar a un lado y a otro. Colocó el sobre en las faldas del roble, después de doblarlo, para ocultarlo de los curiosos que pasaran por allí. Ester echó un nuevo vistazo a su alrededor y, tras suspirar profundamente, se marchó. Seguro que ella se había escondido en alguna parte para descubrir a su admirador secreto. Se armó de paciencia, se colgó la mochila a la espalda y se fue a casa. Después de comer, sin avisar a nadie, regresó al instituto.

A gritos, llamó al conserje, que acudió veloz, alarmado por la insistencia del muchacho. Éste le rogó que le abriera la puerta aduciendo que se había olvidado un libro que necesitaba urgentemente. Cuestión de vida o muerte. La alcanzó a toda velocidad y, sin parar de correr, se marchó tras darle las gracias al conserje. Su intención era abrirla en casa, tranquilamente. Cuando se hubiera calmado. No sólo descubriría si él le gustaba, sino también a todos los chicos a los que también podría abrirles su corazón.

Se hundiría. Deshojó la margarita durante un par de minutos. Le costaba respirar a causa de la tensión. Finalmente, Bruno abrió el sobre. Sacó el papel, que estaba doblado, y, tras sentir un escalofrío, comprobó la lista que él mismo había elaborado el día anterior. Otra vez el pitido del WhatsApp. Al final voy a por ti. Llego en dos minutos. Aunque lo quiere como a un hermano.

Y eso que ya tiene cuatro. Pero ser el del medio nunca le ha traído muchos beneficios. Los dos pequeños son la alegría de la casa. Y los mayores siempre han recibido una atención especial por parte de sus padres. Él sólo es eso, el tercero de cinco.

Exactamente ciento veinte segundos después del mensaje de su amigo, suena el telefonillo del piso. Aun así, el molesto pitido suena de nuevo. Llega hasta el recibidor y pulsa el botón para hablar por el telefonillo: Y sin que le dé tiempo a abrir la puerta de entrada de la casa y a avisar a sus padres de que se va, el timbre vuelve a sonar. Aunque la amistad en algunos casos no es eterna. Y una palabra, un malentendido o cualquier situación imprevista puede acabar con ella.

Tira de él y, casi a rastras, lo conduce hasta la boca de metro. Los dos bajan en primer lugar la escalera de la estación del metro de Sol. Entre risas. Sin prestar atención al resto. Valeria los contempla resignada. Ni una gota de alcohol. Cuando empiece, no sé cómo va a terminar. Valeria se encoge de hombros y suspira. Va a ser una noche muy larga para ella. Sonríe tímidamente y se dirige hacia ellos. Hay muchísima gente en el vestíbulo del metro de Sol. Hora punta. Lo hace francamente bien. Valeria busca con la mirada al intérprete de la canción, pero no consigue distinguirlo entre tanta gente.

O, por lo menos, eso es lo que indica su rostro imberbe y afilado. Tiene el pelo largo, por debajo de los hombros, castaño, y lleva puesto un sombrero gris con una cinta negra que lo atraviesa por el centro. Viste con un fino jersey beis, muy ajustado, y unos vaqueros azules rotos. Es realmente guapo. Todos han pasado ya, excepto ella. Valeria resopla y se da prisa por acudir junto a sus amigos. Abre su bolso y busca dentro el bonometro. No da con él. Escarba entre sus cosas, pero ni rastro. Empieza a ponerse nerviosa. Por lo visto se lo ha dejado en casa. Va hacia ella a toda velocidad y, casi sin quererlo, mira al joven disimuladamente.

De repente se encuentra con sus ojos verdes. Es sólo un segundo. Tal vez menos. Pero es tiempo suficiente para hacerla sonrojar. Valeria agacha la cabeza muerta de vergüenza y trata de centrarse en lo que tiene que hacer. Abre otra vez el bolso y alcanza el pequeño monedero en el que guarda el dinero. Sólo un billete de veinte euros. Todas mueven la cabeza negativamente sin siquiera comprobarlo. Valeria suspira y mira a su alrededor. El chico de la guitarra ha dejado de tocar y se ha puesto de pie. Se acerca a ella y, extendiendo un brazo, le ofrece el dinero exacto para el billete sencillo.

No tengo cambio. Y su sonrisa resulta… adorable. Debería estar desfilando en una pasarela o llenando salas de conciertos. Sería un auténtico fenómeno fan. Eso si no viene alguien de la SGAE y me hace pagar los derechos de autor de las canciones. No es lo que dice, sino cómo lo dice. Coge el dinero antes de que se me duerma el brazo. Muchas gracias. Así es. Embobada por sus perfectas facciones, se queda completamente en blanco. Sí, sí. Mis amigos van delante.

Han cruzado al otro lado sin darse cuenta de que yo no podía pasar porque me he dejado el bonometro en casa. Soy un desastre. Los dos permanecen un instante en silencio. Valeria deja de mirarlo e intenta recuperar la compostura. En la vida real. Su aburrida vida real. Da una vuelta sobre sí misma y descubre el cartel amarillo que la indica. El joven del sombrero regresa a la silla desde la que tocaba. Piensa un segundo y, a continuación, comienza a acariciar las cuerdas de su guitarra. Mientras suena un tema de Nirvana, la chica introduce el billete en la ranura y atraviesa el torno.

Nunca lo había visto en esa parada. Ester se tapa la mano con la boca y luego ríe. Le hace gracia ver a Valeria alterada. Las dos chicas suben la escalera que lleva hasta las vías de la línea tres. Sentados en un banco, esperan los otros cuatro. Sin embargo, cuando el chico ve a Valeria se levanta y camina hacia ella. Todo bien. No podía pasar porque me he olvidado el bonometro. Podrías haber pasado con alguno de los nuestros. Elísabet también se pone de pie y acude al lado de sus amigos.

Llevas toda la tarde distraída por culpa del maldito vaquero —afirma. Valeria se sonroja. Le arden los pómulos. Como siempre. Aunque me gusta mucho tu culo. La chica se abalanza contra él y le golpea los hombros repetidamente con los puños cerrados. Valeria los mira sin despegarse de la pared, entristecida. Los seis se suben a uno de los vagones del final del tren. Apenas hay hueco para respirar. Espero no morir asfixiada antes.

Y, efectivamente, sobrevivió a Callao. Ya Plaza de España. También a Ventura Rodríguez y a Arguelles, donde se bajó mucha gente. Y por fin llegaron a Moncloa: Cerca de allí, en una conocida discoteca de la ciudad, les espera una fiesta llena de universitarios. Y otros diez por la entrada a la discoteca.

La entrada a la discoteca entraba en el precio. Los que son de la Complutense no tienen que pagar nada. Y nuestros carnés son de estudiantes de la Complutense. Si queréis las falsificaciones y entrar, veinte euros. Aquel tipo los ha engañado. Ése no era el trato que habían acordado. Voy a hablar con mis amigos. El chico, resignado, se acerca hasta donde aguarda el resto. Sus amigos lo observan preocupados al verlo llegar con las manos vacías.

Diez por el DNI y el carné de estudiante, y otros diez por la entrada a la discoteca. No me apetece pagar veinte euros por entrar en una discoteca. Hasta que Elísabet vuelve a hablar. Lo hace de manera enérgica, contundente. Toma, mi dinero. Son veinte euros. Aunque… Aunque, si no va con ellos, seguro que se lían dentro de la discoteca. Es una oportunidad de frenar lo que parece irremediable. Las miradas de Ester, María y Bruno se centran en Valeria. Ninguno esperaba esa respuesta de su amiga.

Lo siento. Pero id vosotros —comenta Ester sonriente—. Tampoco estoy para muchas fiestas. Éste se encoge de hombros y se une a las dos chicas que han decidido no entrar en la discoteca. Las acompaño —apunta—. Se hace un nuevo silencio en el que todos se observan. Ninguno sabe muy bien qué decir. Valeria se siente mal por su falta de solidaridad con los que no entran, especialmente con Ester, que no tiene dinero.

Y os contaremos qué tal ha estado esto —se despide Elísabet. Lanza besos al aire y, con paso firme, se dirige hacia la puerta de la discoteca. Dos universitarios con los que se cruza la miran de arriba abajo y le sueltan un piropo poco elegante. Sus sensaciones son totalmente contradictorias. Se supone que deberían ir todos a una. O entrar los seis o no entrar ninguno. Sin embargo, el grupo se ha dividido en dos.

Normalmente, allí no hay nadie a esa hora. Por eso le gusta ir a esa zona y sentarse solo en la escalera del pórtico trasero. Suele recostarse sobre sus rodillas y se esfuerza por no pensar en nada. Aunque es difícil aislarse de todo después de lo que sucedió hace unos meses. Aquel maldito mes de octubre. Eso parece.

Cómo estar siempre perfecta - Trucos y consejos

Hoy han invadido su espacio. Y no precisamente gente que le agrade. Se trata de un grupo formado por cuatro chicos de su clase. Junto a ellos hay una niña con gafas que da la impresión de sentirse bastante asustada. Te ha dicho que vengas. No le cae demasiado bien. Pero es alto, fuerte, rubio y les encanta a todas.

Sin embargo, en lo que se refiere a neuronas, anda un poco justo. Y nosotros que creíamos que te habías quedado mudo… —Ven aquí. Queremos que nos ayudes con una cosa —insiste Raimundo. De todas formas no lo van a dejar tranquilo. Lentamente, camina hasta donde se encuentran los otros. Cuando llega, observa detenidamente a la niña. Es pelirroja, no muy guapa, y lleva el pelo cortado como un chico. Cree que se llama María y que va a un curso por debajo de él.

Aquello le da mala espina. La pregunta del delegado de su clase lo coge totalmente desprevenido. No responde de inmediato. La realidad es que, a sus quince años, nunca ha besado a nadie. Tampoco ha tenido oportunidad de hacerlo, porque hasta el momento no ha salido con nadie. Se llama Manu y es uno de los guaperas del curso—. Nosotros tres ya nos hemos enrollado con varias tías. Lo normal. Pero aquí nuestro amigo Rafa todavía no se ha estrenado. Y señala con sorna al cuarto miembro del grupo, un chaval gordo y feo, con el pelo rizado.

No te alteres. Vas siempre solo. Seguro que no te quieren ni tus padres. Eres el marginal del instituto. Le gustan las chicas, no es homosexual. Y si lo fuera, sería asunto suyo.


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La pelirroja del pelo corto sí que lo sabe. Incluso estuvo varios meses sin ir a clase. No nos hables así. Se peina con las manos el cabello rubio y se apoya en una pared al tiempo que maldice la osadía de aquel marginado por enfrentarse a él. Queremos que beses a esta chica. No pusiste condiciones, gordo. En menudo lío los han metido. Por supuesto que sí. Ella tampoco ha besado nunca a nadie. Pero es su primer beso, y no quiere recordarlo de esa manera. Le da mucha pena. Si no es por nosotros, ninguno de los dos os comeríais una rosca en la vida. Cierra los ojos y une sus labios a los del joven.

Éste, sorprendido, también los cierra y responde al beso. Los tres animan a la pareja sin cesar, aullando a gritos y haciendo todo tipo de gestos obscenos. Poco después, la campana que anuncia que el recreo ha terminado pone el punto y final a la escena. Raimundo y Manu sueltan al joven y David hace lo propio con la chica.

Ambos se quedan inmóviles. Les cuesta mirarse a los ojos.

"buenos dias, guapa" en inglés | Traductor de español a inglés - SpanishDict

Yo… —No te preocupes. El chico intenta sonreír, pero apenas lo consigue. Aquél ha sido su primer beso. Nunca lo habría imaginado así. Compungido, se deja caer y se sienta en el suelo. Cruza las piernas y apoya la espalda contra la pared. María suspira y hace lo mismo adoptando una postura similar.

Sólo empeoraría las cosas. El ruido de los alumnos regresando a sus aulas les llega desde lo lejos. Es la hora de reiniciar las clases. No obstante, ninguno de los dos parece tener intención alguna de volver. La afirmación del chico sorprende a la joven pelirroja, que lo mira algo desconcertada.

Pensaba que en aquel instituto nadie sabía que existía. Nunca había besado a nadie. María sonríe. Ella sólo tiene trece años. Pero aquél… le cae bien.